Gianni Coscia – «La Violetera» – UMBRIA JAZZ 2026

Portada del disco la VIOLETERA (Tǔk Music, 2025)
[Constellation of Venus (2021) de Daria Petrilli, digital painting]

Un acordeón, una vida y el silencio de una sala

Gianni Coscia – «La Violetera» [Fisarmonica da sola]Umbria Jazz 2026

  • Fecha: 05 de julio de 2026
  • Lugar: Sala Podiani, Galleria Nazionale dell’Umbria, Perugia
  • Formación:

Gianni Coscia (fisarmonica)

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A Antonella

El recital de Gianni Coscia en la Sala Podiani fue, al mismo tiempo, concierto, autobiografía y lección de estilo

Donde hablamos normalmente de repertorio, en el recital de Gianni Coscia deberíamos hablar de interpretación de una memoria. En la Sala Podiani de Umbria Jazz 2026, cada melodía fue menos una pieza de concierto que un fragmento de vida compartido. El resultado fue una lección de cómo la música puede convertirse en el lugar donde el tiempo permanece vivo.

Así, Coscia nos ofreció una lección de narrativa musical. Con una economía de medios admirable, hizo que su acordeón sonara unas veces como una pequeña orquesta y otras como una voz que susurra recuerdos. Su repertorio transitó con absoluta naturalidad, como en el disco en el que se basó, entre la canción italiana, melodías populares del norte de Italia, el jazz clásico, ecos de Kurt Weill, guiños al tango y un cuplé español, sin perder nunca un discurso coherente, transformando materiales aparentemente sencillos en pequeñas miniaturas poéticas.

La Sala Podiani, espacio reservado por Umbria Jazz para los proyectos más refinados e introspectivos, resultó el marco ideal. El silencio del público permitió apreciar cada matiz de la respiración del instrumento, cada pausa y cada cambio de color. Igualmente para escuchar con atención la manera en que el músico convirtió cada pieza en un pequeño relato, mezclando memoria, ironía, melancolía y un delicado humor sabiendo integrar, con la maestría que otorgan los años, la tradición popular con el lenguaje del jazz.

El programa fue extraordinariamente variado, conviviendo originales como «Sigla 1950», «Ritratto di mio padre» o «Tangoli» con estándares como «Stardust», «Our Love Is Here to Stay», «Love for Sale», «‘Round About Midnight» y «Por una cabeza». Lo notable fue que ninguna de estas piezas se mostró como una simple versión. Coscia las absorbe en un lenguaje propio y forman un único universo expresivo.

Escuchar este álbum también supone comprender una manera distinta de entender el jazz. La improvisación nunca rompe la melodía: la ilumina desde dentro. Incluso Monk pierde cualquier gesto anguloso para adquirir una melancolía íntima, mientras Gardel y Gershwin parecen hablar el mismo idioma. Coscia nos demostró que el verdadero estilo consiste en hacer desaparecer las fronteras entre los repertorios.

Hay además una dimensión profundamente humana. En temas como «Ritratto di mio padre», una de las piezas más bellas, o en los tributos a Gorni Kramer aflora una memoria afectiva que evita cuidadosamente el sentimentalismo. El músico recuerda sin idealizar; sonríe mientras mira hacia atrás. Esa mezcla de ironía, ternura y elegancia ha caracterizado toda su trayectoria y aquí en este trabajo alcanza quizá su expresión más depurada.

La música como memoria

Hay recuerdos que no regresan cuando los buscamos, sino cuando nos encuentran. Una fotografía puede despertar una escena olvidada; un olor puede devolvernos a una casa de la infancia, pero pocas cosas poseen el poder evocador de una canción. Bastan los primeros compases de una melodía para que reaparezcan un rostro, una voz, una calle o una emoción que creíamos definitivamente perdidos. La música no solo acompaña la memoria, la conserva.

La neurociencia ha explicado en parte este fenómeno. Las melodías se almacenan en redes cerebrales estrechamente ligadas a la emoción, razón por la cual sobreviven incluso cuando otros recuerdos se debilitan. Pero antes de que la ciencia intentara comprenderlo, los artistas ya lo habían experimentado. Marcel Proust encontró en el sabor de una magdalena el acceso al tiempo perdido; Gianni Coscia lo encuentra en unas pocas notas de «La Violetera».

Puede no ser casual que dos de sus discos más personales, La misteriosa musica della Regina Loana (ECM, 2019), junto a Gianluigi Trovesi, y La Violetera, parezcan construidos sobre la misma intuición: las canciones recuerdan por nosotros.

El primero dialoga con la novela de Umberto Eco La misteriosa fiamma della Regina Loana (Bompiani, 2004). En ella, un hombre que ha perdido su memoria intenta reconstruirse no mediante documentos oficiales ni fechas históricas, sino a través de viejos discos, canciones de radio, cómics y melodías populares. Eco sugiere que nuestra identidad está hecha menos de acontecimientos extraordinarios que de los sonidos cotidianos que nos acompañaron sin que apenas reparáramos en ellos.

La Violetera lleva esa misma idea al terreno autobiográfico. Allí Coscia ya no reconstruye la memoria de un personaje literario, sino la suya propia. Una melodía que su madre cantaba aflora inesperadamente durante la grabación y acaba dando título a todo el álbum. No porque sea la obra maestra del repertorio universal, sino precisamente porque pertenece a ese territorio íntimo donde la música deja de ser cultura para convertirse en vida. Musicalmente me resulta muy significativo que Coscia decidiera no jazzificar la canción, la interpretó con una sencillez extrema, sin añadir nada, sin una voz que cantara la letra creada por Eduardo Montesinos, tocando solamente la melodía compuesta por José Padilla en 1914.

Por eso el título del disco no es una elección intelectual ni un homenaje programado. Es, como el propio Coscia reconoció, una intuición nacida en el estudio, casi un acto de memoria involuntaria. Y precisamente por eso resulta tan conmovedor. Me emocionó enormemente además, por ser una canción española, una copla que gustaba mucho a mis padres, y por cómo nos lo contó, con una naturalidad y emoción contenida que, posiblemente, solo se pueda ofrecer llegados a una edad como la que tiene el músico nacido, como Eco, en el Piemonte, en Alessandria, hace 95 años.

En ambos casos, Coscia evita la nostalgia fácil. No utiliza las canciones para idealizar el pasado, sino para mostrar que el pasado sigue hablando a través de ellas. Una melodía no es un objeto antiguo, es un acontecimiento que vuelve a suceder cada vez que alguien la escucha. El tiempo, por un instante, deja de avanzar y se pliega sobre sí mismo.

Quizá por eso estos discos resultan tan conmovedores. Nos recuerdan que todos llevamos dentro una discoteca invisible. No está organizada por géneros ni por épocas, sino por afectos. En ella conviven una canción infantil, un tango, un estándar de jazz, un bolero, una melodía escuchada por la radio en la cocina de nuestros padres o una pieza que sonaba el día en que conocimos a alguien importante. Ninguna lista de reproducción puede reproducir ese archivo secreto porque cada canción está enlazada a una experiencia irrepetible.

Gianni Coscia ha dedicado toda una vida a demostrar que el jazz puede dialogar con la canción popular sin perder un ápice de profundidad. En estos dos álbumes va aún más lejos: convierte la música en una forma de memoria. No toca para recordar el pasado, sino para mostrar que, mientras esas melodías sigan sonando, una parte de quienes fuimos continúa viviendo en ellas.

Y quizá ahí resida el verdadero misterio de la música, que no solo conserva el tiempo, nos lo devuelve.

Pionero de la fisarmónica en el jazz italiano moderno

El acordeón empezó a entrar en el jazz y el swing ya en los años treinta y cuarenta. Uno de los primeros nombres importantes fue Joe Mooney (1911-1975), que en 1946-47 dirigió un célebre cuarteto en Nueva York, con acordeón, clarinete, guitarra y contrabajo. Su estilo era íntimo y muy sofisticado.

Pero probablemente el nombre fundamental sea Art Van Damme (1920-2010). Comenzó a adaptar solos de Benny Goodman al acordeón a finales de los años treinta y en los cuarenta convirtió el instrumento en un verdadero instrumento solista de jazz. En 1947 Down Beat le dedicó una portada y posteriormente ganó durante diez años consecutivos la encuesta de la revista como mejor acordeonista de jazz. Desarrolló una técnica de fraseo, articulación y uso del fuelle específicamente jazzística. De ahí que se le considere habitualmente uno de los «padres» del jazz de acordeón.

Otro músico fundamental fue el holandés Mat Mathews (1924-2009). Llegó a Nueva York en 1952 y trabajó con músicos como Art Farmer, Oscar Pettiford, Percy Heath, Kenny Clarke y Herbie Mann. Su idea era conseguir que el acordeón fuese aceptado en el bebop, un lenguaje mucho más exigente y alejado de la imagen popular del instrumento. En este registro se pude colocar a Gianni Coscia en Italia y de ahí una frase de Umberto Eco que aparece presidiendo el interior de la carpeta del CD refiriéndose, con tono intelectual, a la lucha iniciada por Coscia contra el prejuicio de que la fisarmónica no pertenecía al jazz. Según he podido leer, los tradicionalistas llegaban incluso a increparlo.

La frase procede de una intervención de Umberto Eco relacionada con el primer disco de Gianni Coscia, L’altra fisarmonica, publicado en 1985 por el sello Dire:

Se il jazz è un genere strumentale, allora va suonato con strumenti canonici; se è invece un modo di esprimere musica, allora lo si può suonare anche con la ramsinga, con buona pace di Salgari.

Es decir, si el jazz se define como un género instrumental, entonces debe utilizar los instrumentos que convencionalmente le corresponden; pero si el jazz es una manera de vivir y expresar la música, puede tocarse incluso con una ramsinga, con el consentimiento de Salgari.

Eco intervino entonces con esa frase, que es mucho más que una defensa de su amigo. Con la brillantez y el fino humor que le caracterizaba, estaba formulando una idea estética del jazz. Para él, el jazz no debería definirse por una lista de instrumentos —saxofón, trompeta, piano, contrabajo, batería…— sino por una determinada manera de hacer música: la libertad, la improvisación, la transformación de la melodía, el diálogo con la tradición y, sobre todo, la capacidad de convertir un lenguaje musical en una expresión personal.

La situación italiana era particular porque la fisarmónica tenía una asociación todavía más fuerte con la música popular, el baile y las fiestas. Coscia no fue simplemente el italiano que tocaba jazz con acordeón, contribuyó a cambiar la consideración artística del instrumento en Italia.

Italia y la fisarmónica, Castelfidardo

Gianni Coscia comenzó hablándonos del instrumento, de como inicialmente se llamaba simplemente armónica y más tarde se le añadido el prefijo fisa (del griego physa, que significa fuelle). La historia italiana de la fisarmónica comienza en realidad con un instrumento que había nacido fuera de Italia. El punto de partida suele situarse en Viena, donde Cyrill Demian y sus hijos patentaron en 1829 el Akkordion, basado en las lengüetas metálicas libres accionadas por un fuelle. Durante las décadas siguientes aparecieron numerosos modelos en distintos países europeos.

Italia adoptó pronto aquel instrumento y lo convirtió en una industria y en una tradición musical propia. La figura decisiva fue Paolo Soprani. La historia, mezcla de documento y leyenda, cuenta que hacia 1863 el joven Soprani conoció un acordeón llevado por un peregrino austríaco que se dirigía a Loreto. Fascinado por su mecanismo, lo desmontó, estudió su funcionamiento y comenzó a construir sus propias versiones. Poco después, junto con sus hermanos, estableció un taller en Castelfidardo, en la región de le Marche.

La fisarmonica pasó pronto de los talleres a las plazas, los bailes y las fiestas populares. Su capacidad para tocar melodía y acompañamiento y su facilidad para transportarla hicieron de ella un instrumento inseparable de la vida musical italiana. Pero también fue conquistando nuevos territorios.

Uno de los nombres fundamentales es Gorni Kramer, que llevó la fisarmonica al swing, a la canción, a la radio y a la televisión, convirtiéndola en parte de la memoria musical de varias generaciones. Después llegaron grandes virtuosos como Wolmer Beltrami, Peppino Principe y Gervasio Marcosignori, que contribuyeron a elevar el instrumento desde la música de baile hasta el ámbito del concierto.

El instrumento encontraría además una dimensión internacional a través de Italia: el bandoneón de Astor Piazzolla, conservado en el Museo Internazionale della Fisarmonica de Castelfidardo, recuerda hasta qué punto esta familia de instrumentos acabaría ligada al tango y a la música contemporánea.

El museo de Castelfidardo es hoy el gran lugar para comprender esta historia. Sus colecciones reúnen instrumentos, documentos y testimonios de la evolución de la fisarmonica y de la industria que se desarrolló alrededor de ella. Allí se conserva también la memoria de sus grandes intérpretes y constructores.

Umberto Eco y Paolo Fresu

De ambos nos habló en el concierto con emoción y gratitud. Diría que son dos figuras centrales en este trabajo llevado al directo en Umbria Jazz. Ya he hablado de La Violetera y, como pilares, quiero referirme a ellos aunque sea brevemente.

Ampliando algo lo dicho sobre Eco, añadir que Coscia nos recordó los años de compañeros en el liceo Plana, ahora liceo Umberto Eco, en Alessandria, y nos habló de cómo la música estuvo presente desde el principio de su amistad. Hay varias entrevistas muy valiosas en las que habla de él no como una figura pública, sino como el amigo de toda una vida. Citamos dos de ellas:

«Umberto Eco, il mio amico geniale», de Raffaella De Santis, publicada por la Repubblica en 2021. Es probablemente la más emotiva. Coscia recuerda al Eco íntimo, al compañero de instituto, el dibujante, el autor de pequeñas piezas de cabaret y el amigo con el que compartía música durante décadas. Dice una frase preciosa: «Mi manca ogni giorno di più, senza di lui è venuto meno un appiglio. Il fatto che esistesse mi bastava».

La entrevista de L’Espresso (2026), de Emanuele Coen, «Il mio amico geniale Umberto Eco meritava il Nobel» es quizá la más rica en anécdotas. Cuenta cómo se conocieron en 1945, cuando todavía eran adolescentes; cómo Eco había leído ya mucho más que sus compañeros; cómo él le descubrió a Duke Ellington y Louis Armstrong mientras Eco le hacía escuchar música clásica; y cómo escribían juntos canciones y espectáculos humorísticos. Hay una respuesta especialmente reveladora, al final, en la que insiste, cinco años después, en su ausencia: «Mi manca tutto. Era straordinario, sapeva tutto ma nella vita non mi ha mai fatto sentire a disagio, si comportava come se fosse un impiegato di banca, non un erudito. A volte si isolava, quando creava qualcosa. A me piaceva quando stavamo insieme, nella stessa stanza, in silenzio per un’ora intera. Per me era un silenzio importantissimo. Non ho mai capito perché non gli hanno dato il Nobel, se lo meritava davvero».

Entre los muchos galardones y reconocimientos, Umberto Eco recibió en España el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2000.

Sobre Paolo Fresu, basta haber estado en el concierto y/o tener el disco físico para reconocer la importancia de su intervención en este bella obra, animando al fisarmonicista a grabar un disco solo con su acordeón. Recogemos el agradecimiento con el que se cierra el precioso libreto que acompaña al CD:

Non avrei mai osato un disco da solo. L’invito rivoltomi da Paolo Fresu mi ha letteralmente sconvolto.

Gli sono riconoscente all’infinito!

Gianni Coscia

En el libreto, de cuidadísima edición por Tǔk Music, se cuenta por cada tema, canción a canción, un relato como los que nos fue contando el músico durante el concierto.

Premio Ambasciatori dell’Umbria nel Mondo

Antes de su recital, en la Sala Podiani, Gianni Coscia recibió el Premio «Ambasciatori dell’Umbria nel Mondo», concedido por la Fondazione Perugia en reconocimiento a toda una trayectoria artística que ha contribuido a difundir internacionalmente el nombre de Umbria Jazz y de la cultura musical italiana. El premio alcanzaba además su vigésima edición, lo que dio a la ceremonia un significado especial.

El galardón le fue entregado por Franco Moriconi, vicepresidente de la Fondazione Perugia, quien destacó que Coscia encarna el valor de la cultura como instrumento de diálogo entre los pueblos y representa, con su trayectoria humana y artística, un auténtico embajador de Italia y de Umbría en el mundo. Al recibirlo bromeó diciendo: «Io che ho 95 anni, voi che siete in tanti ad ascoltarmi, mentre ricevo un premio importante e durante un evento come Umbria jazz, ecco questa è quella che si può definire una combinazione di fattori irripetibile».

El objeto entregado fue el plato de cerámica de Deruta, aunque con una importante novedad. Hasta entonces el premio mantenía una decoración tradicional y a partir de esta edición ha inaugurado una nueva serie en la que cada plato reproduce el cartel oficial. El entregado a Coscia lleva impresa La Danza degli Zanni, la pintura de Dario Fo elegida como imagen de Umbria Jazz 2026, con motivo del centenario del nacimiento del Nobel italiano, que ha presidido todos los conciertos celebrados en la la Sala Podiani de la Galleria Nazionale dell’Umbria. De este modo, pensamos que el premio une tres tradiciones culturales: la artesanía de Deruta, la historia gráfica de Umbria Jazz y el homenaje a Dario Fo.

Ese detalle puede tener además un bonito valor simbólico. Coscia siempre ha defendido una idea de la cultura sin fronteras entre lo popular y lo culto, exactamente la misma actitud que caracterizó a Dario Fo. Que el primer plato de la nueva serie llevara precisamente una obra de Fo y que fuera entregado a Coscia hace que no pareciera una coincidencia, sino un diálogo entre dos artistas que hicieron de la memoria popular una forma de creación contemporánea.

[N. del A.: Este retrato de Gianni Coscia pertenece a mi serie «Resonancias», de un solo negativo que surge allí, en directo, a la vez que fluye la música].

Texto y fotografías: © José Miguel Gutiérrez, 2026 / https://www.instagram.com/josemiguelgutierrez.lhl

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